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Mayores de 18 con amplio criterio: Anaïs Nin escritora del fuego.


Anaïs Nin
En el prólogo de Pájaros de Fuego (1970), Anïs Nin se describe en ese momento de su vida como una “Madame de una extraña casa de prostitución literaria” y nos invita a poner el ojito en la cerradura de esa casa, donde ella, la primera escritora erótica del siglo XX, envuelta en un kimono de seda bordada, descalza y con el cabello suelto, estará dispuesta a permitirnos el paso si nos atrevemos a tocar.


Hecha de la sangre explosiva de sus padres, una cantante cubana de origen francés y un pianista de ascendencia catalana, la Nin abrió los ojos en Francia, tres años después del cambio de siglo (1903), convencida de que el mundo era para ser experimentado y que bien podría empezar en su propio cuerpo a sentirlo. 


A los 11 años, cuando su padre se fue, ella inició con él una mínima correspondencia que nunca le hizo llegar. Esas cartas  fueron su iniciación a los placeres de la escritura y después tomaron forma de diarios que continuó hasta su muerte en 1977. 


Escribió también involuntariamente, flotando en las aguas de otros escritores. Si alguno de ustedes es fan de Henry Miller quizás sepan que Anaïs fue su amante durante más de 15 años mientras ambos estaban  casados, ella con H. Guiler su esposo de toda la vida, y él con June Mansfield. A los puritanos les cuento que June fue también amante de Nïn, así que todo queda en familia, no hay porqué armar gritadero ni jaladero de pelos. 
 
Herny Miller photo Man Ray
Una fotografía hecha por Man Ray para Henry Miller

Miller, escritor obligatorio para quien se acerca a la literatura norteamericana, escribió y publicó el libro Trópico de Cáncer (1934) con la inspiración de sus intensos días con ella. El libro quedó prohibido casi 30 años en EE.UU. hasta 1961 por su contenido “pornográfico y obsceno”.


Elsa está sentada en mis rodillas. Sus ojos son como ombligos diminutos. Miro su enorme boca, tan húmeda y brillante, y la cubro con la mía. Ahora ella está tarareando… «Es war’ so schön gewesen…». Ah, Elsa, tú no sabes todavía lo que eso significa para mí, tu Trompeter von Säckingen. Sociedades corales alemanas, Schwaben Hall, el Turnverein… links um, rechts um… y después un azote en el culo con el extremo de una cuerda. ¡Ah, los alemanes!” ̶  Trópico de Cáncer. Henry Miller
   
Musa, amante, editora, escritora e incluso técnica de impresión y edición. Hay que saber que cuando las persignadas editoriales le negaron ser publicada, se puso un tallercito en el sótano de su casa donde a base de pedal imprimía tiradas de sus propios libros y los de otros tantos escritores amigos suyos (como el mismo Miller). A ella no la detenían, ni un par de tipos en New York, ni un puñado de buenas consciencias, sus escritos abrirían de cualquier modo esos ojos como ombligos hacia la luz del sol. 

 
Anaïs luchando con el "monstruo" en la imprenta de su sótano

A pesar de sus esfuerzos para sostenerse malabareando entre posar desnuda para pintores, vender algunos de sus pequeños libros auto impresos y comer sólo “tortas de avena, porque era los más barato de hacer y se decía que daba fuerzas”, finalmente decide entrar en el negocio de la pornografía escrita. Todo comienza como un juego en el que un supuesto coleccionista le ofrece a ella y a otros de sus “irremediablemente pobres escritores”, un dólar por cada hoja entregada. De esos escritos se constituye luego El delta de Venus, una antología de relatos eróticos.


Pero no se crea que la necesidad la hizo abandonar sus principios técnicos ni estéticos, como prueba una carta dirigida al coleccionista aquel cuando le pide “menos poesía. Sea concreta”:


“Querido coleccionista: le odiamos. […] Usted no sabe lo que se está perdiendo a causa de su examen microscópico de la actividad sexual, que excluye los aspectos que constituyen el carburante que la inflama. Aspectos intelectuales, imaginativos, románticos y emocionales. Eso es lo que confiere al sexo sus sorprendentes texturas, sus sutiles transformaciones, sus elementos afrodisíacos. Usted está dejando que se marchite el mundo de sus sensaciones; está dejando que se seque, que se muera de inanición, que se desangre.” ̶  Anaïs Nin

Anaïs Nin libro impreso
Winter of artifice, un libro auto impreso y publicado por Anaïs Nin

Ya la vida la había subido-bajado-entrado-salido-gozado y demás, cuando comenzó a ser tomada en serio como escritora a partir de la publicación de sus Diarios en 1966.  Ya cumplidos sesenta años, sintió que sería una  muestra de buena voluntad y aprecio por sus lectores, desprenderse de sus textos personales y dejarlos hacer su vida en los ojos y las carnes de sus lectores. Siete gruesos, largos y jugosos  volúmenes (sin recuadros pixelados para la censura) componen los  Diarios de Anaïs Nin (1966).
 

Sin embargo de las interminables habitaciones de su obra ya había publicado Escaleras hacia el fuego (1946) o La casa del incesto (1949) basado en la historia pasional que tuvo con su padre Joaquín y que expande en los diarios. ¿Escandaloso? Qué va. 


“Otro beso. Más terror que gozo. El gozo de algo innombrable y oscuro. Era bello, como un dios, y femenino, seductor y cincelado, duro y suave. Pasión intensa.”̶   Incesto: Diario amoroso. Anaïs Nin 


Son esos Diarios los que la convierten en un ícono viviente de liberación femenina, lectura obligada y apasionada de las militantes del movimiento feminista que por esos años alcanzaba uno de sus clímax.
 
Anaïs Nin
¡Salud! por las mujeres gozosas

Ella era la llave encarnada que abría las estrecheces con violencia, encabezando a las mujeres que se atrevían por fin a decir que querían un orgasmo y que su cuerpo, su goce, su capacidad reproductiva y la satisfacción de sus deseos les pertenecían a ellas. Nin gime sin pudor a los cuatro vientos: es una mujer entera dueña de sí misma que ha vivido y va a vivir como le venga en gana. Así llega cargando unos fajos de papel con  las buenas nuevas para  pudorosas o reprimidas: 


“Es la culpa, el miedo o la impotencia lo que hace crueles a los hombres.” ̶   Anaïs Nin


En enero de 1977, su cuerpo por fin regresa al fuego que la vio nacer y la acompaño toda su vida. Las cenizas de un cuerpo que tantas historias traía en los poros, fueron esparcidas en la Bahía de Santa Mónica, en los Ángeles. Conociéndola, aún deben estar flotando por ahí para meterse en los intersticios humedecidos de los bañistas. 


"Sólo creo en el fuego.
Vida Fuego. Estando yo misma en llamas enciendo a otros.
 Jamás  muerte. Fuego y vida.”  ̶   Anaïs Nin
Anaïs Nin biografía
"Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo", dije, cual-quie-ra. Entendido.
Ahora es momento de levantarnos satisfechos para desprendernos del consuelo que provoca la cercanía pulsante de sus palabras envolviéndonos. Abandonar la habitación de la escritora siempre resulta odioso como la interrupción del amor. Les ruego enfundarse en el abrigo porque afuera de sus textos hará frío. Pero tampoco caigan en la nostalgia, uno  siempre puede volver a pasearse por aquella casa de innumerables chimeneas encendidas a través de su bibliografía. 


A leer, soñar, experimentar, hartarse, seducirse, rendirse, elevarse, humedecerse, abrirse a Anaïs, al fin la literatura es el campo  infinito de la imaginación.


“Si tu no respiras a través de la escritura, si tu no lloras en la escritura, o cantas en la escritura, entonces no escribas, porque nuestra cultura no tiene uso para ello” ̶   Anaïs Nin

Los cuentos son para niños ¿no?



Cuento
Recuérdenme no volver a ordenar arroz la próxima vez que coma fuera. Y es que ya casi me terminaba un platón, cuando  a mis amigos se les ocurrió preguntarme que hacía ahora. Entre sus buenas nuevas de bodas y bebés, les conté que yo estaba escribiendo un libro de cuentos. Fin. Luego seguí rellenándome los cachetes como hámster, hasta que una amiga me pidió que le mandara un cuentito para sus niños. Ya no les cuento hasta donde se me fueron los arroces. 


Tenía muchísimas ganas de escribir ésta entrada sobre cuentos porque la mayoría asume que todos los cuentos son para niños. Alegremente les digo que no, para nada. Con mis lentes puestos leo que la RAE define al cuento como una narración breve de ficción. Claro que Cenicienta, la sirenita o Caperucita son cuentos clásicos para niños, pero la cosa no para ahí y se pone más interesante. 


Desde que el Conde de Lucanor fue escrito para tratar cuestiones de moral,  los temas y las formas han ido modificándose. Aunque nadie se pone bien de acuerdo en sus alcances, un cuento debe  girar alrededor de una idea, incluir pocos personajes y desarrollarse en un periodo de tiempo bien definido, esto es, cuando ocurre alguna acción importante. Por ejemplo éste:

Ernest Hemingway



Listo, si nunca habían leído un cuento-para-no-niños, ya entraron en el mundo de la minificción. Con sólo seis palabras Hemingway cumple con todos los aspectos técnicos que ya mencionamos, generando  sensaciones y preguntas que afectan al lector (y de qué forma). Un cuento como éste nos impacta directo en la cara, algo que también pasa con los cuentos con final de knockout  de Julio Cortázar. Aunque los hay también con estructura más clásica, en donde la historia se desarrolla  con inicio-clímax-final  muy al estilo de Chejov, Tolstoi o Gogol. 

Juan José Arreola


En cuanto a los temas, pueden ser fantásticos  a la manera de Jorge Luis Borges, de mucho miedo como Edgar Allan Poe, Lovecraft, Maupassant o de ciencia ficción, por ejemplo Isaac Asimov o Ray Bradbury. Por supuesto también están los cuentos de realismo sucio de Bukowsky, los eróticos de Anaïs Nin, policiacos, de asesinatos, misterio, políticos. Hay cuentos para cada lector, aunque las maestras de primaria nos hicieran creer lo contrario. 

Frederic Brown



Si aún no se han acercado a éste espacio de la narrativa les pido, no, mejor les suplico de rodillas y con  ojos chillones de Remy, que comiencen ya a construir su adicción. Otra ventaja de los cuentos (por si hiciera falta), es que pueden leerse en poco tiempo y con la flexibilidad que eso implica: uno en el transporte al trabajo, otro mientras avanza la fila del banco, por la noche antes de dormir,  en el baño.  

Augusto Monterroso



Personalmente ni leo ni escribo en  una línea definida,  voy saltando entre todos los géneros porque las historias  llegan como les viene en gana, con zapatos o descalzas. Por el momento no he podido crear cuentos para niños, por eso,  si se me ocurriera la peregrina idea de mandarle algo a los hijos de mi amiga, creo que dejaría de hablarme para siempre. En eso justamente pensaba entre la asfixia de arroz en la garganta. Al final todo terminó de una manera bastante indigna que luego les contaré, pero se alejó mucho del colorín colorado…



¿Cuáles son sus escritores y cuentos favoritos? Dejen sus comentarios para que la fogatita de éste blog se encienda y nos quite el frío a todos ¡Gracias!

Los pájaros y Alejandra Pizarnik



“Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas”



El despertar. Alejandra Pizarnik




Cada persona tiene sus fetiches, imagino. Uno a veces se entrega a ellos en secreto o abiertamente con la esperanza –bien falsa-, de que podrá quitárselos de encima como las moscas cuando se paran sobre la comida. Para mí uno de ellos son los pájaros. Van y vienen, me revolotean, se confabulan detrás de las ventanas altas cuando va cayendo la tarde. Pájaros en fuga, pájaros de mal agüero, pájaros al vuelo.  


Fueron ellos los que me trajeron a la Pizarnik en su piquito. Encontrarme con ella ha sido una continua resistencia porque no soy de esas personas de poesía. Siempre llego a ella de rebote. Y es que no comprendo del todo las imágenes que se sueltan del cable de teléfono para sobrevolarme mientras voy leyendo versos. Por eso me opongo cuanto puedo, pero en ocasiones, hay un estribillo que se me queda a vivir en el cerebro y no puedo más que ceder a su invasión.  

Alejandra Pizarnik
 Foto prestada del Centro Virtual Cervantes
Alejandra Pizarnik es una de esas bellas parvadas de pajaritos negros que se van en el otoño, para retornar con  hijitos voladores en el verano, cuando parece que lo más importante es el sol, los picnics fuera y los helados derretidos.  Su familia llegó así, en una bandada migrante, para instalarse en los años treinta de aquella Argentina. Huían del invierno en un Paris que adivinaba ya la Segunda Guerra Mundial, con maletas  donde guardaban parte de la identidad ruso-judía, que imagino de lo más peligroso en aquellas épocas.


Quizás ese mismo equipaje es el que Alejandra se cargó en el lomo cuando nació en 1936. Sus papás le buscaron el nombre de Flora, pero ¿por qué no?, se lo cambió así nomás cuando le dio la gana. Algunos hablan de una infancia difícil de asma y tartamudez, luego destruida y la vuelta a construir en cada poema, en cada carta escrita a sus amigos y en interminables páginas de diario.


Pronto vino  a posarse en sus ramitas la sombra de un pájaro negro que extendía las alas para hacerle sombra aún en los días soleados de 1955 en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires: era la muerte que le sobrevolaba todos los días, transformando los pequeños destellos de alegría en cenizas y troncos huecos.

“Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas...”

A la espera de la obscuridad. Alejandra Pizarnik
Alejandra Pizarnik Pájaro
Foto prestada por la condesapizarnik.blogspot.

Esa muerte que se le enconó en los huesos, se convirtió en su compañera de juegos que tantas letras, puntos, comas y guiones ocuparon. Una muerte con carácter  inevitable sentada en la misma mesa.  Dice de ella en sus diarios 


“Leí mi libro. La muerte es allí demasiado real, si así puedo decir; no el problema de la muerte sino la muerte como presencia. Cada poema ha sido escrito desde una total abolición (o mejor: desaparición) del mundo con sus ríos, con sus calles, con sus gentes. Esto no significa que los poemas sean buenos.”
Diarios 1960-1968, Alejandra Pizarnik

Y como esos pájaros que no pueden olvidar el camino de vuelta porque ya lo traen metido en la sangre, se trazó una ruta inversa a la sus padres. Llega al Paris de 1960, donde encuentra nuevas formas para recrear su mundo, que alternaba entre el surrealismo y el psicoanálisis, justo en el tiempo en que allá se reunían los escritores del Boom Latinoamericano. 
 
Alejandra Pizarnik / Julio Cortázar
Foto prestada de Google
Cruza caminos con Julio Cortazar, Octavio Paz, Italo Calvino, André Pieyre de Mandiargues o Roger Caillois. Muchos libros, tazas de café y buenos amigos después, se ve obligada a regresar a Argentina en 1967 para el funeral de su padre.

“Son mis voces cantando
para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.”

Anillos de ceniza. Alejandra Pizarnik

Nuevamente emprende la huída a Nueva York (porque como sabemos los pájaros no logran estarse quietos por más que sientan las alas cortadas), y de ahí al Paris que en su memoria es un nido mullido en el que puede seguir escribiendo para arrancarse la obsesión de la muerte y de esa infancia eterna, o para sumirse completamente en ella.


Pero los vientos fríos que corren por esas calles europeas ya no puede usarlos para levantar el vuelo, así que el viaje la lleva de vuelta  a Buenos Aires, buscando quizás una corriente providencial que haga un milagro en sus depresiones constantes y su adicción a las anfetaminas.

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?”

El despertar. Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik
Foto prestada de Google

No deja de escribir ni cuando las recaídas la llevan a internarse en jaulas de psiquiátrico, en las que apenas le queda espacio para desesperarse y batir las alas para tirar el alpiste. Es un pajarito triste que se para sobre un palo a arrancarse las plumas de la cola, mandando cartas de auxilio a Antonio Beneyto, a Julio Cortazar o a quien pueda escucharla. El 25 de septiembre de 1972, con 36 años y 50 pastillas de  barbitúricos encima,  se echa a volar para no volver.



“Mata su luz un fuego abandonado.
Sube su canto un pájaro enamorado.
Tantas criaturas ávidas en mi silencio
y esta pequeña lluvia que me acompaña.”

Despedida. Alejandra Pizarnik



Así son los fetiches, terminan convirtiéndose en obsesiones que se cuelan en todos los rincones de la vida, a pesar de que uno haga intentos por  sacárselos de encima. Por mi parte sé que la Pizarnik seguirá observándome desde alguna cornisa, dispuesta a caer en picada en el momento menos esperado ¿A ti también te vigila?